Tómate tu tiempo para aceptar mi partida, no te niegues el llanto, ni la tristeza al evocar mi recuerdo, porque te ayudará a sanar tus heridas y no importa lo que aquellos bienintencionados te aconsejen; escucha tu voz, que sea tu propio yo quien te marque el camino de regreso.
Cuando ya no esté aprovecha mi partida como mi último regalo: el regalo de la vida, aquel que te ayudará a vivir más plenamente al no ignorar que todo principio tiene su final, que tras el dolor hay cabida para la esperanza, que decir adiós nos convierte en más sabios porque hemos sido capaces de desprendernos de lo banal y lo superfluo para poder reencontrarnos con nosotros mismos.
Cuando ya no esté, honra mi memoria sin los imperativos del deber, sólo hazlo si lo sientes así. Acuérdate de mi desprovisto de resentimientos y libérate de los lastres que condicionan tu crecimiento. Sólo así serás una criatura libre y en paz contigo mismo.
Que la paz sea contigo.